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Roma de aldea a imperio

Vista idealizada de la antigua Roma en sus primeros siglos

Ilustración representativa de Roma.

Roma no nació como un gran imperio. Durante siglos fue poco más que un asentamiento situado estratégicamente junto al río Tíber, rodeado de colinas y pueblos rivales. Sin embargo, su ubicación, su mentalidad práctica y su capacidad para adaptarse marcaron el inicio de una expansión sin precedentes.

Según la tradición, la ciudad fue fundada en el 753 a.C., ligada a la figura legendaria de Rómulo. Más allá del mito, los restos arqueológicos confirman que Roma comenzó como una comunidad modesta, pero bien organizada y con una fuerte vocación militar.

De la monarquía a la república

Tras un periodo inicial gobernado por reyes, Roma dio un giro decisivo al establecer la República. El poder pasó a manos del Senado y de magistrados elegidos, creando un sistema político complejo que equilibraba autoridad, tradición y ambición.

Durante esta etapa, Roma se expandió por la península itálica mediante alianzas, conquistas y una integración progresiva de los pueblos sometidos. Lejos de destruir las culturas vencidas, los romanos solían absorberlas, adaptando leyes, dioses y costumbres.

El nacimiento del Imperio

Las tensiones internas, las guerras civiles y el crecimiento territorial desembocaron en el final de la República. Con Augusto, Roma se convirtió en Imperio y comenzó una nueva fase marcada por la estabilidad, la monumentalidad y la centralización del poder.

La ciudad se transformó profundamente:

  • Se construyeron foros, templos y acueductos
  • Se consolidó una red de caminos que unía todo el territorio
  • Roma pasó a ser el centro político, económico y cultural del mundo conocido

Una ciudad pensada para perdurar

Más que una capital, Roma se concibió como una idea: orden, ley y autoridad. Su capacidad para organizar territorios, administrar poblaciones diversas y dejar huella en piedra explica por qué su influencia sobrevivió incluso a la caída del Imperio.

Este primer periodo sienta las bases de todo lo que vendrá después: monumentos, religión, poder y una ciudad que, siglos más tarde, seguirá siendo el corazón simbólico de Occidente.